
Una tarde de abril. Bajo las nubes grises está Soledad, sentada en un banquito de la plaza, aguardando a Emlio.
De un momento a otro las gotas empiezan a caer lentamente sobre su cara. Esta allí inmóvil, paralizada como si nadie se diera cuenta de su presencia, invisible a los ojos del mundo, mientras un pensamiento recorre su mente como un ECO: “no le importa nadie, me perdió y no hizo nada para recuperarme”. Esa voz interna que nunca quiso. Es hora de hacer algo, piensa decidida, se levanta y cruza la plaza mientras repite en voz baja: ¡BASTA! por que todo tiene un límite.
Jamás Soledad habría pensado siquiera en tomar esta decisión, por temor a no soportar lo que esto significaba, conocer el verdadero sentido de su nombre.
Soledad sabe que cuando él llegue a la plaza ella ya no va a estar; de todos modos se considera culpable de todo por permitir y aceptar esa situación.
Emlio maneja apresuradamente mientras las gotas cada vez golpean más fuerte el parabrisas, tratando de llegar a tiempo pero cree que no lo va a logar, de todos modos piensa detalladamente en cada palabra que va a decirle.
El también la considera culpable aunque no debería ser así. No se da cuenta de quien es o sí, pero no se acepta. En el fondo él sabe que está tan solo que duele y se obliga a no pensar en Soledad; por que el orgullo y la inseguridad no se lo permitiría jamás, por que no tolera las dudas, prefiere la seguridad, por que no es lo “normal”, dentro de su calculadora-mente no hay lugar para perder la cabeza un poco mas de la cuenta.
De repente, fuera de los planes de ambos, se encuentran antes de que Soledad cruce la esquina. Sorprendidos, intentan perder la vista en un punto lejano, para no tener que enfrentarse a esa realidad que tanto les duele, pero no pueden evitarlo, entonces… una mirada los une.
En ese momento él pide disculpas, ella responde: ¿por romper mis esquemas?, y él, sin escucharla, contesta – por llegar tarde, subí al auto y hablemos. Sabes que no quise lastimar a nadie.
Soledad se detiene un momento. Una gota de lluvia se desliza por su frente. Y piensa. En su mente imagina una balanza donde coloca todo lo que paso y sabiendo que no puede seguir en un tiempo indeterminado por que verdaderamente la esta pasando muy mal, toma una decisión. Necesita borrar los puntos suspensivos de su historia, y colocar de una buena vez y por todas un punto final. Feliz o no. Final al fin.
Dicen que las cicatrices nos demuestran que el pasado fue real, habrá que curar la herida y dejar una cicatriz profunda, bien marcada, por que la protagonista de esta historia no quiere volver a pasar por lo mismo una y otra vez, necesita algo que le recuerde que se tropieza una sola vez con la piedra, que esta harta de repetir historias como si la vida fuera un gran Déjà vu, que tiene que hacer borrón y cuenta nueva de una vez, que tiene que aprender a ver mejor, abrir bien los ojos y dejar de idealizar a las personas,… por que el golpe a la realidad duele mucho mas cuando es por segunda vez.
Finalmente, sin subir al auto le dice: -vos no quisiste lastimar a nadie, pero nadie igual terminó lastimada. Nos vemos, tal vez en otra vida.
La parte mas difícil fue dejarlo ir.
La gota de lluvia resbala suavemente por su mejilla.
